En El Cumpleaños De Mi Mejor Amiga, La Vi Comer Con La Mano Izquierda… Y Supe Que La Mujer Frente A Mí Era Una Impostora

La mujer sentada frente a mí tenía el rostro de mi mejor amiga, su voz y hasta el pequeño hoyuelo que aparecía cuando sonreía.

Pero tomó los palillos con la mano izquierda y se llevó a la boca un bocado cubierto de cilantro.

En ese instante supe que no era Gu Qiu.

Y también comprendí algo mucho peor: si una desconocida había ocupado su lugar, la verdadera Gu Qiu podía estar muerta.

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Me llamo Yajia.

Conocía a Gu Qiu desde que ambas teníamos seis años. Habíamos compartido pupitre, secretos, castigos escolares y casi todas las fechas importantes de nuestras vidas.

Aquella noche celebrábamos mi cumpleaños en un restaurante de Shanghái.

La supuesta Gu Qiu había regresado dos días antes de un viaje a Viena y decía haber venido directamente del aeropuerto para sorprenderme.

Todos la encontraron más alegre, más atrevida, incluso más hermosa.

Yo solo veía errores.

Gu Qiu era diestra.

Siempre lo había sido.

Además, el cilantro no era una comida que simplemente le disgustara. Era gravemente alérgica.

Durante la universidad, una sola empanadilla contaminada había hecho que su garganta se cerrara y terminara en urgencias.

Sin embargo, aquella mujer masticó tranquilamente, sonrió y pidió al camarero que añadiera más.

—Últimamente me encanta —dijo.

Sus palabras despertaron un recuerdo que llevaba años enterrado.

Una tarde, cuando teníamos diecisiete años, Gu Qiu me había tomado de las manos y había dicho en tono de broma:

—Si algún día me ves comer con la izquierda, no confíes en mí. Esa persona no seré yo.

Entonces me reí.

Aquella noche no pude hacerlo.

La impostora levantó la copa.

—¿Por qué me miras así, Yajia?

Forcé una sonrisa.

—Porque te extrañé demasiado.

Brindé con ella, fingí creer cada palabra y esperé hasta que terminó la cena.

No la desenmascaré.

Si estaba allí usando el rostro de Gu Qiu, significaba que no trabajaba sola.

Y si descubría que yo sospechaba, la verdadera Gu Qiu sería la primera en pagar el precio.

LA MUJER QUE REGRESÓ DE UN VUELO QUE NUNCA TOMÓ

Al llegar a casa revisé todas las publicaciones que Gu Qiu había subido durante su viaje.

Había fotografías frente a la Ópera de Viena, vídeos de un concierto y selfies en restaurantes elegantes.

Demasiadas selfies.

La verdadera Gu Qiu odiaba fotografiarse. Decía que cada imagen subida a internet era una puerta que nunca volvía a cerrarse.

Amplié una fotografía tomada frente al Musikverein.

La sombra de la mujer caía hacia la derecha, pero la de las personas del fondo iba hacia la izquierda.

Era un montaje.

Llamé a la aerolínea utilizando el número de reserva que Gu Qiu me había enviado antes de viajar.

Después de insistir durante casi una hora, obtuve la única información que necesitaba.

Gu Qiu nunca había embarcado.

Su equipaje había sido facturado, pero ella no cruzó la puerta de salida.

Mi primer impulso fue llamar a Chen Lei, su novio.

Llevaban tres años juntos.

Él conocía sus horarios, administraba parte de sus inversiones y había sido quien supuestamente la llevó al aeropuerto.

Marqué su número, pero colgué antes de que respondiera.

Si Gu Qiu no había subido al avión, Chen Lei tenía que saberlo.

Y si lo sabía, quizá también sabía quién dormía ahora en la cama de su novia.

Recordé entonces el viejo teléfono que Gu Qiu guardaba en mi apartamento.

Lo había dejado allí meses atrás porque su pantalla estaba rota y contenía fotografías de nuestra adolescencia.

Lo encendí y encontré un mensaje programado que nunca había llegado a enviarse.

«Si algo me ocurre, busca en el lugar donde Shen Long nos enseñó a jugar al escondite. No se lo cuentes a nadie. Ni siquiera a Chen Lei. El recuerdo más valioso está allí».

Shen Long había sido nuestro vecino de infancia.

Cuando éramos niñas, nos llevaba a un pueblo abandonado en las afueras de Suzhou, donde su abuelo había tenido un taller de tintes.

Gu Qiu odiaba aquel lugar.

Decía que sus pasillos olían a humedad y que las habitaciones sin ventanas parecían tragarse el aire.

Llamé a Song Wen, un detective privado recomendado por un antiguo compañero de la universidad.

Le envié el mensaje, las fotografías manipuladas y los datos del vuelo.

—No vaya sola —me advirtió—. Si esto es una sustitución de identidad, detrás hay dinero y planificación.

No esperé a que terminara de organizar su equipo.

Antes del amanecer ya conducía hacia el pueblo.

EL CADÁVER BAJO LA GABARDINA BLANCA

La niebla cubría las casas abandonadas cuando llegué.

El viejo taller seguía al final de la calle, detrás de un portón oxidado.

Song Wen apareció veinte minutos después con dos asistentes y me obligó a esperar mientras revisaban el lugar.

Encontramos la gabardina blanca junto a un pozo seco.

Era idéntica a la que Gu Qiu llevaba el día de su desaparición.

Debajo había un cuerpo cubierto de barro.

Corrí hacia él, pero Song Wen me sujetó por los hombros.

—No toque nada.

Me derrumbé de rodillas.

Song Wen se puso guantes, apartó lentamente la tela y descubrió una pequeña grabadora escondida en el bolsillo interior.

Al presionar el botón, la voz de Gu Qiu llenó el patio.

«Yajia, si estás escuchando esto, quizá ya me hayan matado».

Tuve que taparme la boca para no gritar.

«Si alguien ha ocupado mi lugar, no la enfrentes. Chen Lei descubrió que yo sabía lo de las cuentas de Lumen. Quiere algo que recibiré cuando cumpla treinta años. No confíes en nadie. Ni siquiera…»

Se oyó una puerta golpeando la pared.

Después, una voz masculina gritó su nombre.

Gu Qiu habló deprisa:

«Busca el recuerdo más valioso. Allí está todo».

La grabación terminó entre pasos, un forcejeo y un ruido metálico.

Conocía aquella segunda voz.

Pertenecía a Shen Long.

Durante unos segundos creí que el amigo que nos había protegido de niñas también la había traicionado.

Song Wen retiró por completo la gabardina.

El cuerpo no era humano.

Era un perro grande, muerto varios días antes.

Sentí alivio y horror al mismo tiempo.

La escena había sido preparada para hacernos creer que Gu Qiu estaba muerta.

La grabadora, en cambio, parecía una pista dejada a propósito.

La policía se hizo cargo del lugar, pero no encontró sangre humana ni restos suficientes para demostrar un asesinato.

La gabardina y el audio confirmaban que había ocurrido algo, no dónde estaba Gu Qiu.

Necesitábamos hacer hablar a quienes habían ocupado su vida.

Por eso invité a la impostora a vivir conmigo.

UNA CENA PREPARADA PARA UNA MENTIROSA

Le dije que me sentía sola y que quería celebrar nuestro reencuentro en la villa que acababa de reformar.

Aceptó inmediatamente.

—Chen Lei me llevará —respondió—. Puede quedarse a cenar, ¿verdad?

Era exactamente lo que esperaba.

Song Wen instaló cámaras y micrófonos en las zonas comunes.

La policía no podía detenerlos todavía, pero aceptó vigilar la casa mientras reuníamos pruebas.

Preparé todos los platos favoritos de Gu Qiu.

También pedí una sopa cubierta de cilantro.

La impostora no dudó.

Probó una cucharada y dijo que estaba deliciosa.

—De niña vomitabas con solo olerlo —comenté.

Su mano se detuvo.

Chen Lei respondió por ella.

—El año pasado recibió un tratamiento de desensibilización.

—Qué extraño. Hablamos todos los días y nunca lo mencionó.

—Queríamos darte una sorpresa —improvisó la mujer.

Le serví té de longjing.

Tomó la taza con la izquierda.

—Con la derecha —le recordé—. Tu madre decía que una señorita de la familia Gu jamás servía té con la mano izquierda.

La taza chocó contra el plato.

Vi miedo en sus ojos.

Entonces hice la última pregunta.

—¿Dónde está la cicatriz de tu nuca?

Gu Qiu se había quemado con un fuego artificial cuando éramos niñas.

Yo misma había sostenido su mano mientras el médico decía que la marca nunca desaparecería por completo.

La impostora se tocó el cuello.

—Me la quité con láser en Viena.

—Un tratamiento así necesita varias sesiones y semanas de recuperación. Según tus propias fotografías, estuviste allí cinco días.

Su rostro perdió el color.

Chen Lei dejó la copa sobre la mesa.

—Yajia, esto empieza a parecer un interrogatorio.

Sonreí.

—Solo quiero asegurarme de que mi amiga sigue siendo mi amiga.

La impostora me miró con un odio que Gu Qiu jamás había sentido por mí.

—¿Dejarías de reconocerme solo porque he cambiado?

—Mientras sigas siendo Gu Qiu, siempre te reconoceré.

Chen Lei recibió una llamada y salió al jardín.

Un minuto después, la falsa Gu Qiu pidió ir al baño.

Las cámaras los captaron reuniéndose detrás del invernadero.

—Sospecha de mí —susurró ella—. Conoce cosas que no estaban en los archivos. No puedo seguir respondiendo.

—Solo faltan nueve días —contestó Chen Lei—. Cuando firmes la transferencia, todo habrá terminado.

—¿Y la verdadera?

—Seguirá respirando mientras la necesitemos.

Tuve que clavarme las uñas en las palmas para no salir corriendo.

Gu Qiu estaba viva.

Y Chen Lei acababa de confirmarlo.

EL PRECIO DE ROBAR UNA VIDA

La investigación financiera reveló el motivo.

Lumen Biotech había sido fundada por la madre de Gu Qiu.

Cuando ella murió, dejó el cuarenta y uno por ciento de las acciones a su hija, pero impuso una condición: Gu Qiu obtendría el control total al cumplir treinta años.

Faltaban nueve días.

Chen Lei era director financiero de la empresa.

Durante dos años había desviado más de ciento ochenta millones de yuanes hacia compañías fantasma.

Gu Qiu descubrió las transferencias y guardó una copia de los documentos.

Si llegaba a su cumpleaños y asumía la presidencia, podía enviarlo a prisión.

Por eso Chen Lei necesitaba reemplazarla antes.

La impostora firmaría una autorización para transferir las acciones.

Después, Gu Qiu sufriría un supuesto accidente durante otro viaje al extranjero.

Quedaba una pregunta: ¿quién era aquella mujer y cómo podía parecerse tanto a ella?

La respuesta estaba en una fotografía recuperada del teléfono de Chen Lei.

Su verdadero nombre era Luo Ning.

Era hija ilegítima del padre de Gu Qiu.

Habían crecido separadas, pero compartían suficientes rasgos para que varias cirugías, lentes de contacto y meses de entrenamiento completaran el engaño.

Luo Ning no solo quería dinero.

Creía que la familia Gu había abandonado a su madre y que Gu Qiu había recibido la vida que le correspondía a ella.

Chen Lei convirtió aquel resentimiento en un arma.

Faltaba encontrar el lugar donde la retenían.

Recordé las últimas palabras de la grabación:

«El recuerdo más valioso».

No se refería a una cuenta bancaria ni a una joya.

Cuando teníamos doce años, Gu Qiu y yo enterramos una caja de música bajo el viejo árbol de caqui del taller.

Dentro guardamos fotografías, cartas y una tarjeta de memoria con nuestros primeros vídeos.

Era nuestra cápsula del tiempo.

Regresé al pueblo con Song Wen.

Cavamos durante una hora hasta encontrar una caja metálica envuelta en plástico.

La música ya no sonaba.

En su interior había una nueva tarjeta de memoria.

Contenía cada transferencia ilegal realizada por Chen Lei, grabaciones de sus reuniones y un vídeo que Gu Qiu había filmado días antes de desaparecer.

«Si Yajia encuentra esto, significa que entendió mi mensaje», decía mirando a la cámara. «Chen Lei sabe que tengo pruebas, pero no sabe dónde están. La contraseña es la promesa que hicimos cuando enterramos esta caja».

Solo yo conocía esa frase.

La policía ya tenía suficiente para investigar el fraude, pero todavía no sabía dónde estaba Gu Qiu.

Si arrestaban a Chen Lei demasiado pronto, sus cómplices podían matarla o trasladarla.

Así que preparé una última mentira.

Le dije a Luo Ning que había encontrado la caja, pero no lograba abrir los archivos.

LA TRAMPA DENTRO DE MI PROPIA CASA

Luo Ning fingió sorpresa.

—Quizá pueda recordar la contraseña. Al fin y al cabo, la caja también era mía.

—Entonces ven esta noche.

Coloqué una tarjeta falsa dentro de la caja y escondí la verdadera en una taquilla de la policía.

También llevaba un transmisor cosido en el forro de mi pulsera.

Luo Ning llegó sola a medianoche.

Se sentó frente a mí y sostuvo la caja con ambas manos.

—¿Cuál era nuestra promesa? —preguntó.

La observé en silencio.

—Tú deberías saberlo.

Intentó tres frases.

Ninguna era correcta.

Entonces dejó de fingir.

—Gu Qiu siempre tuvo demasiada suerte —dijo con su verdadera voz—. Incluso ahora, desaparecida, todavía te tiene a ti.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Chen Lei dijo que seguía viva.

Sus ojos se movieron hacia la ventana.

Había comprendido que habíamos grabado su conversación.

Antes de que pudiera levantarse, las luces se apagaron.

Chen Lei entró por la puerta trasera con dos hombres.

Me arrancó el teléfono, encontró el micrófono colocado bajo mi cuello y lo aplastó contra el suelo.

—Te dije que Yajia era más peligrosa de lo que parecía —le reprochó a Luo Ning.

Después me miró.

—Vas a llevarnos hasta los archivos auténticos.

—Y después me matarás.

—Después sufrirás un accidente intentando salvar a tu amiga.

Me obligaron a subir a una camioneta.

Chen Lei registró mi ropa, mis zapatos y mi bolso, pero no encontró el segundo transmisor oculto bajo las piedras de mi pulsera.

El vehículo tomó la autopista hacia Suzhou.

Luego abandonó la carretera y se internó en el mismo pueblo antiguo.

Todo aquel tiempo, Gu Qiu había estado a pocos metros del lugar donde encontramos la gabardina.

LA HABITACIÓN SIN VENTANAS

Chen Lei abrió una trampilla bajo una de las antiguas cubas de tinte.

Unas escaleras descendían hacia un sótano que no aparecía en los planos del taller.

El aire olía a moho, desinfectante y óxido.

Gu Qiu estaba encadenada a una cama en la habitación del fondo.

Había adelgazado tanto que durante un segundo no la reconocí.

Tenía una herida en la frente y la muñeca derecha vendada.

Pero cuando me vio, levantó la cabeza.

—Sabía que entenderías lo de la mano izquierda —susurró.

Corrí hacia ella.

Chen Lei me sujetó del cabello y me obligó a arrodillarme.

—La contraseña —exigió.

—Primero déjala ir.

Se rio.

—Dentro de dos días, Luo Ning firmará ante el consejo. Después ninguna de vosotras será necesaria.

Luo Ning permanecía junto a la puerta.

Por primera vez parecía comprender que el plan nunca había incluido una salida para ella.

—Dijiste que Gu Qiu viviría —murmuró.

—Dije lo que necesitabas escuchar.

—También dijiste que compartiríamos las acciones.

Chen Lei sacó unos documentos de su chaqueta y los dejó caer ante ella.

—Tú no compartirás nada. Cuando esto termine, volverás a ser Luo Ning, una mujer sin apellido, sin pruebas y con el rostro de una muerta.

Vi cómo el odio de Luo Ning cambiaba de dirección.

Aun así, no era suficiente.

Necesitaba romper la última mentira que la unía a él.

—Tu madre no murió por culpa de la familia Gu —le dije.

Luo Ning me miró.

—Cállate.

—En la tarjeta hay una grabación de Chen Lei. Tu madre descubrió sus primeras empresas fantasma y quiso denunciarlo. Él manipuló los frenos de su coche.

—¡Mientes!

Chen Lei se acercó a mí, pero Gu Qiu habló desde la cama.

—Yo vi el informe original. Por eso empecé a investigarlo. Tu madre intentó protegerte, Luo Ning. Él utilizó su muerte para convencerte de que odiaras a la persona equivocada.

Chen Lei golpeó a Gu Qiu.

Luo Ning se lanzó sobre él.

Uno de los hombres la apartó.

El otro derramó combustible sobre los documentos y el suelo.

Chen Lei encendió un mechero.

—Entonces moriremos todos con la verdad.

EL HOMBRE DE LA GRABACIÓN

Antes de que arrojara la llama, una tubería golpeó la pared detrás de nosotros.

Tres veces.

Gu Qiu abrió los ojos.

—Shen Long.

La pared lateral escondía otra celda.

Chen Lei también lo había encerrado allí.

Shen Long había ayudado a trasladar a Gu Qiu la noche del secuestro.

Debía dinero por el tratamiento de su hermana y aceptó trabajar para Chen Lei sin saber que planeaba sustituirla y asesinarla.

Cuando comprendió la verdad, permitió que Gu Qiu grabara el mensaje y escondió la grabadora bajo la gabardina.

El cuerpo del perro fue una señal improvisada: quería que buscáramos pruebas sin que Chen Lei supiera que Gu Qiu había conseguido pedir ayuda.

Chen Lei descubrió su traición y lo encerró.

Luo Ning aprovechó la distracción, tomó las llaves del cinturón de uno de los hombres y me las lanzó.

Liberé a Gu Qiu mientras ella accionaba la palanca de emergencia de las antiguas cubas.

Miles de litros de agua acumulada cayeron por las tuberías y empaparon el combustible antes de que el fuego pudiera extenderse.

Chen Lei corrió hacia la salida.

Entonces escuchamos sirenas.

La pulsera había transmitido nuestra ubicación durante todo el trayecto.

Song Wen y la policía entraron por el túnel principal.

Los dos hombres se rindieron.

Chen Lei intentó escapar por el patio, pero resbaló junto al pozo donde había colocado la falsa escena de muerte.

Lo esposaron sobre la misma gabardina con la que había intentado borrar a Gu Qiu del mundo.

Luo Ning no huyó.

Se sentó en el suelo, se quitó las lentillas que imitaban el color de los ojos de su hermana y comenzó a llorar.

—Yo quería su vida —dijo—. Pero él me robó la mía antes de que pudiera entenderlo.

LA MUJER QUE VOLVIÓ PARA RECUPERAR SU NOMBRE

Gu Qiu pasó doce días en el hospital.

Su muñeca derecha había sido lesionada durante el secuestro.

Por eso, en la grabación, insistió tanto en la mano izquierda: sabía que si la obligaban a aparecer ante una cámara, Chen Lei usaría su herida para justificar cualquier cambio.

La frase que me había dicho a los diecisiete años no era una profecía.

Era nuestro código secreto.

Chen Lei fue acusado de secuestro, tentativa de homicidio, fraude, falsificación de identidad y malversación.

Los archivos de la tarjeta permitieron recuperar gran parte del dinero robado.

Shen Long confesó su participación y entregó todas las pruebas.

Su ayuda para mantener viva a Gu Qiu y localizar el sótano fue considerada durante el juicio.

Luo Ning también aceptó declarar.

No quedó libre de responsabilidad, pero su testimonio reveló la red de médicos, documentos falsos y empresas que Chen Lei había utilizado para construir a la impostora.

Dos días antes de cumplir treinta años, Gu Qiu entró en la reunión extraordinaria de Lumen Biotech.

Luo Ning ya estaba sentada ante el consejo, preparada para firmar la transferencia de acciones.

Los ejecutivos se levantaron al ver a dos mujeres con el mismo rostro.

Chen Lei había confiado en que nadie pudiera distinguirlas.

Gu Qiu no necesitó una prueba de ADN para hacerlo.

Colocó delante de Luo Ning un plato de cilantro.

—Come —dijo.

Luo Ning no tocó los palillos.

Luego Gu Qiu mostró la cicatriz de su nuca, entregó sus huellas verificadas y reprodujo ante todos la grabación donde Chen Lei hablaba de la transferencia.

La autorización falsa fue anulada.

Al cumplir treinta años, Gu Qiu asumió la presidencia de la empresa fundada por su madre.

Su primera decisión fue crear un fondo para víctimas de suplantación, coerción y violencia económica.

La segunda fue retirar de la sala de juntas el retrato de Chen Lei que alguien había colgado durante su desaparición.

EL RECUERDO MÁS VALIOSO

Meses después regresamos al pueblo antiguo.

El taller había sido restaurado y convertido en un centro comunitario.

Bajo el árbol de caqui enterramos de nuevo la caja de música.

Esta vez no guardamos pruebas ni contraseñas.

Metimos dos cartas, una fotografía y un par de palillos.

Gu Qiu todavía hacía rehabilitación para recuperar por completo la movilidad de la mano derecha.

Antes de cerrar la caja, tomó uno de los palillos con la izquierda.

Mi cuerpo se tensó por instinto.

Ella sonrió.

—Tranquila. Esta vez sí soy yo.

Después apartó un pequeño manojo de cilantro que había caído sobre nuestra comida y añadió:

—Y sigo odiando esto con toda mi alma.

Me reí por primera vez desde la noche de mi cumpleaños.

Durante semanas pensé que el recuerdo más valioso era la tarjeta que había enviado a Chen Lei a prisión.

Me equivocaba.

El recuerdo más valioso era aquella promesa que dos niñas hicieron bajo un árbol: si alguna desaparecía, la otra no dejaría de buscarla.

Chen Lei pudo copiar un rostro, falsificar una voz y fabricar una vida entera.

Pero nunca comprendió que una identidad no está hecha solamente de cicatrices, fotografías o firmas.

También está hecha de las pequeñas verdades que alguien recuerda cuando todo el mundo ha decidido creer una mentira.

Por eso, aunque consiguieron convertir a otra mujer en Gu Qiu ante los ojos de todos, jamás lograron engañarme a mí.

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